• Revista de comunicación política e institucional

Comunicar como un estadista – El Consultor #4

Los alcaldes son estadistas pero suelen tener un modo de comunicar que no suele asimilarse como discurso de estadista. Este último, tiene una serie de características que no los hace supeditados a una comunicación de tipo inventarial contable centrada en hechos, sino que apelan más a una construcción simbólica de un mito de gobierno. Además, cuando los alcaldes se proyectan electoralmente en un nivel superior, suelen sufrir desacoples discursivos que restan eficacia política. En este artículo se presenta un conjunto de recomendaciones para alcaldes con proyección política.

¿Qué significa que un gobernante hable o deba hablar como un estadista?

Probablemente que genere un discurso que apele a:

  1. Intentar obtener apoyo explícito y constante.
  2. Explicar y hacer pedagogía de sus ideas y principales políticas.
  3. Defender sus ideas políticas y defenderse de los ataques hacia ellas, diferenciándose de los otros.
  4. Coordinar táctica y estratégicamente sus acciones discursivas evidenciando oportunidad política.
  5. Resguardar a las instituciones que representa o desde las que habla, transmitiendo la importancia de esa responsabilidad.
  6. Generar convicción en la transmisión de su visión propendiendo a difundir una visión sagrada del futuro, un “mito de gobierno”.
  7. Transmitir valores y postulados ideológicos que representen una “religión cívica” que motive y de ganas seguirla.

Como síntesis, podría afirmarse que un discurso de “estadista” requiere de algún nivel de abstracción que sustente la “visión política” del gobernante, es decir, de la “metapolítica” que simbolice la dirección, voluntad y justificación de las políticas. Existe una idea de rendición de cuentas como motivador de los apoyos y una concepción claramente retrospectiva en este discurso centrado en lo que se hace o se hizo.

Y los alcaldes, ¿no son estadistas?

Un alcalde también es un estadista pero, excepcionalmente en escalas macro de grandes ciudades, los alcaldes de ciudades medianas y pequeñas, así como de pueblos, no suelen tener un nivel retórico que apele sistemáticamente a ese nivel de abstracción condensa do en esas siete características definidas como propias de un discurso al nivel de “estadista”.

Podría afirmarse que la pura ejecutividad, las acciones plasmadas, la idea de hablar gubernamentalmente desde los hechos con números, tablas, gráficos, apelando a la autoridad de otros, demuestran un incesante estilo de comunicación de tipo “inventarial contable”. Corresponde a un modo denotativo de lo que se comunica, es decir, tratar de describir (y comunicar) las cosas tal cual son, poniendo énfasis en la relevancia sin estimular mucho la imaginación ni la emoción.

Aún con un poder retórico menor, debido a una unilateralidad del mensaje, depende de la incontrastabilidad de los hechos que se muestran, se trate de una obra o de un servicio, siempre con la idea de asentar o “contabilizar” los logros del gobierno en la mente de los ciudadanos y aumentar el apoyo en la opinión pública. Existe una idea de rendición de cuentas como motivador de los apoyos y una concepción claramente retrospectiva en este discurso centrado en lo que se hace o se hizo. El mejor modo de construir consenso es la acción para este estilo local de comunicación. Y no les va nada mal.

Un estilo de comunicación informativa debe ser complementado con un estilo en donde un “estadista” sea un verdadero “maestro de ceremonias”, en donde se produzca un cambio de prioridades quitado el peso exclusivo de las news, y compartiéndolo con las views.

El salto de escala produce un desacople Esta diferencia de estilos discursivos según el nivel de gobierno del estadista que se trate, suele notarse cuando un alcalde se proyecta electoralmente a una instancia gubernamental superior (región, departamento, provincia, estado). La falta de ejercicio y uso regular de un estilo de comunicación simbólico, suele plantear dificultades en la construcción de sentido social y político de sus propuestas para que se constituya en fuente generadora de consensos. El campo de la argumentación no es ilimitado, sino que se circunscribe a los ámbitos de lo verosímil, lo plausible y lo probable, pero ello no conlleva a aseverar que sólo los hechos construyen consenso.

Subir la apuesta a un mayor nivel de abstracción, apelar a valores, defender e instalar el “mito de gobierno”, son modos interesantes de practicar un discurso que hace bien en lo local.

Por eso, un estilo de comunicación informativa debe ser complementado con un estilo en donde un “estadista” sea un verdadero “maestro de ceremonias”, en donde se produzca un cambio de prioridades quitando el peso exclusivo de las news, y compartiéndolo con las views, es decir, no sólo la actualidad de los hechos debe hacerse presente, sino además, la narrativa del mito de gobierno.

Siempre será, pero…

En definitiva, a cualquier nivel de gobierno un discurso de un gobernante siempre será un discurso de estadista en sus formas. Pero en su esencia, la inmediatez de los hechos y la inmediatez de las respuestas públicas, suelen opacar la concepción de un discurso a escala local para que a este se le entienda como de un estadista en el sentido de las características que lo definen como tal. Subir la apuesta a un mayor nivel de abstracción, apelar a valores, defender e instalar el “mito de gobierno”, son modos interesantes de practicar un discurso que hace bien en lo local, que no contradice la comunicación “inventarial contable” y su lógica de consenso, pero además posibilita que un gobernante, en su proyección política al subir de nivel, tenga más eficacia discursiva y política.

Mario Riorda
Politólogo y Consultor Político

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